• Omar Anguiano

JAZZ: DIAGRAMA Y ESPACIALIDAD

Actualizado: 17 de ene de 2019

La “escritura musical” no es una 'escritura' sino un diagrama, y, por analogía, finalmente, toda actividad musical de la modernidad occidental admite su comprensión como una práctica diagramática. La música es un diagramar en el aire. Y habrá que recordar que, como indica Mauricio Beuchot siguiendo a Peirce, el diagrama es un índice del sentido que se encuentra a la mitad entre la imagen y la metáfora. La imagen se asocia con, a) la metonimia, b) la búsqueda del sentido literal y c) la univocidad, mientras que la metáfora se asocia con, a) la alegoría, b) el símbolo y c) la equivocidad. La música comunica siempre un sentido intermedio entre imagen y metáfora, de este modo -y siguiendo las ideas de Mauricio Beuchot-, el sentido de la música es, en su circulación misma, analógico. Dado que "la analogía es la dialéctica entre los extremos opuestos de la univocidad y la equivocidad. La analogía consiste no en la síntesis de una y otra, sino en la concordancia de ambas; tal es el tercer término en esta dialéctica".

Si la música misma es una actividad diagramática donde el material no es un plano bidimensional, ni un objeto que permita realizar grafías, sino más bien la energía acústica que se 'esculpe' o 'dibuja' en el espacio a partir de ciertos instrumentos resonantes privilegiados, entonces la música es un índice de sentido importante para comprender las tensiones efectivas de una sociedad en cada fase de sus coyunturas histórico-políticas. Sabemos, desde el caso paradigmático de Euclides, que el uso de diagramas no sólo comunica, sino que produce conocimiento. Esto es cierto para los diagramas matemático-geométricos, y para el caso de la música, si la consideramos como una instancia diagramática, podemos pensar que la música, como diagrama, produce conocimiento sobre la colectividad que la produce y consume.





Es en este punto de la reflexión donde la estética del jazz puede cobrar relevancia teórica. El Jazz es un modo de práctica musical surgida a principios del siglo XX que busca crear automatismos para generar espacios musicales autónomos a la violencia social producto de la exportación de capital financiero británico hacia sus excolonias. El jazz posibilitó la ejecución de varios instrumentistas tocando música moderna, pero reduciendo a su mínima expresión la dependencia de un diagrama bidimensional para lograr el sentido musical. En la praxis del jazz la partitura no es el diagrama de la obra, sino sólo una incitación: un movimiento de provocación del sentido musical que las y los intérprete toman como un “pie” de teatro, para desarrollar una performatividad musical espacializada llena de improvisación, tanto en los temas melódicos principales como en las secciones de acompañamiento.

La aportación más importante del jazz como un género musical autónomo es negativa. No es un poner sino un quitar: el jazz quitó las partituras, pero se quedó con la tradición musical que las partituras habían conformado desde la escritura carolingia hasta el inicio del siglo XX. Las técnicas improvisatorias y sus contenidos derivados del blues o del sentido rítmico del swing no hacen sino hacer manejable la tradición moderna de la música occidental, pero en un plano de exposición espacial espontánea. Para tocar jazz lo que hay que hacer es escuchar bien a los demás y diagramar, en tiempo real nuestra propia versión de lo que creemos musicalmente coherente para el momento presente, este “diagramar” lo que exige el instante musical presente es lo que permite construir la espacialidad autónoma del jazz, es decir, su máxima aportación estética.





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